Hay veces en las que el dolor te destroza demasiado, veces en las que todo a tu alrededor ocurre como en una película en blanco y negro y a cámara lenta. No parece que sea tu vida y entonces es cuando haces esas cosas. Cosas que solo te siguen haciendo daño como beber y beber hasta que acabas por los suelos sin poder llegar a tu puto baño a vomitar o cosas como fumar de tal forma que se te dilatan las pupilas y te ríes hasta de tu propio dolor. Incluso llega un momento que la pared ya tiene la forma de tu mano, de tantos puñetazos conducidos por la ira que le metes. O marcas en tu mano, unas rojas y finas que quedan después da haberte puesto una cuchilla y haber arrastrado al imaginarte lo que ahora esa persona que lo es todo para ti puede estar haciendo y todo lo que has perdido...
Y luego llegas a clase y cuando te las ve solo se enfada y eso hace que quieras volver a hacer salir tu propia sangre, te deja de hablar y tu estás como un jodido zombie aguantando con todas tus fuerzas esas putas lágrimas que en cuanto acabe la clase y te vayas corriendo al baño van a salir como una enorme cascada de sentimientos. Le pegas a la pared de nuevo y te hundes un nudillo. Te duele pero la verdad es que ya te la suda por completo el daño que puedes hacerte y entonces el suicidio pasa por tu cabeza... Y sales del trance. Te acojonas por completo y no entiendes como hace un instante tenías la piel ardiendo, las pupilas dilatadas, los ojos llorosos y pensabas que cortarse las venas no sería doloroso.
¿Por qué no hacerlo? Un poco de dolor a cambio de la calma eterna... Una decisión tentadora... Pero si no tienes ni los putos ovarios de decirle que aún le quieres no vas a poder suicidarte, te asusta demasiado, estás aterrada cuando tienes el cuchillo contra la mano con su filo frío acariciando las venas. Demasiado para una cobarde, demasiado... Demasiado miedo a que aún muerta él se siga enfadando contigo por haber puesto fin al sufrimiento.
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