martes, 21 de octubre de 2014

Infancia interrumpida

Aún recuerdo esos momentos de niña en los que únicamente me preocupaba no salirme de la línea al colorear, de correr mas que mis amigos en el pilla - pilla, de ser mas lista que ellos cuando jugábamos al escondite o de gritar mas fuerte las canciones infantiles que absolutamente todos nos sabíamos. Por aquella época éramos todos iguales, no había diferencias, nos entendíamos, no nos hacíamos verdadero daño. Todos andábamos embobados con la cantante Susana y sus mascotas para los shows. Nadie podía vivir sin nadie y no conocíamos el odio, pedíamos perdón a los cinco segundos de enfadarnos y nos abrazábamos como si nada hubiese pasado, reíamos como poseídos y estábamos todos juntos. Amábamos la escuela, el ir y estar con todos los demás niños de tu edad, saltando por ahí como auténticas liebres. Con una camiseta que nos quedase larga de mangas, nos valía para simular que eran alas y que podíamos volar; con un bolso, nos convertíamos en padres o madres; con un libro mas gordo de lo normal, éramos unos hechiceros expertos y, con un peluche, teníamos la mejor mascota de todas. Que en un simple garabato veíamos dragones o casas de ensueño e inventábamos historias sin pies ni cabeza.
Eran buenos momentos, en los que la tristeza solo duraba diez minutos y, la soledad, no existía para nada. Si estábamos solos, abrazábamos aun peluche y se nos pasaba. No como ahora, la adolescencia se pinta como una transición de niño a adulto divertida, lo que no nos dicen es que es una mierda, una constante sucesión de fracasos, lágrimas, depresiones sin motivo... En la escuela nos enseñan a multiplicar, leer y sabes cuando murió Franco, pero no a sobrevivir en estos años. Llega un momento en el que vas dando palos de ciego y piensas que todo lo haces mal, que eres una mierda andante y que no te quieren, que solo eres un bulto mas en el mundo... Pero no todo es malo por suerte, hay momentos o personas que te pueden alegrar el día como no se, como si volviésemos a ser niños, sin preocupaciones, sin enfados... Pequeñas cosas o detalles que te hacen sentir como si fuesen a venir mejores momentos, y eso, juro que justo ahí, es cuando merece la pena pasar tantas malas horas.

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